El verano de Pepi. Capítulo 4

Se ha acabado el estado de alarma, ha llegado el calor y comienzan las vacaciones escolares. Pepi y su familia tienen por delante un verano peculiar, pero nuestra vecina hará todo lo posible para que su Paco y sus tres hijos disfruten al máximo y no les afecten los cambios que ha traído consigo el coronavirus…

Capítulo 4º Una jornada de compras

La moda playera ha cambiado mucho en los últimos años, y creo que mi familia dará el cante si se presenta en Benidorm con lo que he encontrado en el armario. Allí, hay bañadores victorianos y turbo, bikinis de cuello alto, toallas de Espinete y don Pimpón, un castillo de arena, algas… Todo muy vintage, así que, los cinco nos hemos ido de compras esta mañana.

La preadolescente atontada quería ir a la Milla de Oro, el mediano suicida a una tienda de navajas de Albacete, la pequeña estática a la Calle de los Libreros y mi Paco a La Casa del Bacalao. Total, que como nadie se ponía de acuerdo, he optado por lo más socorrido para el pardeño de a pie: La Vaguada.

Mientras cogía de debajo del colchón los 12€ que he ahorrado durante el confinamiento, mi Paco se ha ido con el niño a la parada del autobús. Cuando he llegado con las niñas, estaba diciéndome ‘adiós’ desde un autocar de chinos. Éste ha visto que era verde y se ha subido.

Nunca sé si el 602 sale de Mingorrubio a y 20, a menos cuarto o a y 58… Así que, al final, hemos hecho autostop. Una pareja simpatiquísima de domingueros, que había aparcado donde le había dado la gana, nos ha llevado hasta el Instituto Llorente. Al recogernos, la mujer me había dicho que nos acercaba al Barrio del Pilar sin problema, pero en el puente, me he dado cuenta de que se me habían olvidado las mascarillas y nos han tenido que dejar allí.

Cuando, por fin, hemos llegado a La Vaguada, he llamado a mi Paco para ver dónde andaban y estaban llegando a Toledo. Le he dicho que le atara la soga al mediano suicida para que no se subiera al Alcázar y que cogieran el primer vuelo de vuelta.

La nueva normalidad es un rollo cuando vas de compras. Que si la mascarilla, que si la distancia de seguridad, que si hay que echarse el gel hidroalcóholico cada 3×4, como Julia Otero…

Nada más llegar, he tenido que hacer un curso exprés de lenguaje de signos para que las dependientas me entendieran. Y es que yo no sé hablar con la mascarilla puesta. En la tienda de ropa interior, he pedido un tanga y me han traído una camiseta sin mangas.  En la de los bañadores, he preguntado por un bikini estampado y me han dado uno empapado. Y, cuando parecía que la chica de los vaqueros me estaba entendiendo, la mascarilla se me ha metido en la boca y me he empezado a asfixiar. Menos mal que han venido rápido los del SAMUR y me han reanimado en un santiamén.

Al ver las colas que había, he llamado a un amigo que tengo en el Servicio de Inteligencia Ruso y hemos trazado un plan con las niñas. Mientras la preadolescente atontada estaba en la fila detrás de la mujer de los pechos grandes, la pequeña estática distraía al calvo con peluquín y yo adelantaba sigilosamente por un lateral a una familia numerosa. Siguiendo las indicaciones del espía y teniendo cuidado con no levantar sospechas, hemos comprado en menos de 15 minutos 12 bañadores de flores, 25 cremas solares protección 50 plus, 78 viseras de ala ancha, siete toallas de microfibra, una sombrilla antiviento y con protección UV, una maleta de piel y su bikini de rayas. Y, todo, sin encontrarnos a Eva María porque ella se marchó buscando el sol en la playa.

El trayecto a la parada del autobús ha sido lo más complicado. Durante la jornada de compras, nos hemos echado tanto gel desinfectante en las manos que se nos han ido desintegrando y casi perdemos las bolsas por el camino. Menos mal que pasaba uno de los Kikes por allí y nos ha ayudado.

Cuando las niñas y yo hemos llegado a casa, mi Paco y el niño acababan de llegar. Después de Toledo, han visitado con los chinos Segovia, Ávila y Cuenca. Ahora están en cuarentena

Capítulo 3º Una parcela en la playa de Benidorm

El año pasado, cuando regresamos de nuestras vacaciones en Alpedrete, le hice prometer a mi Paco que éste las pasaríamos en Benidorm.

Como conozco a mi marido, y sé que cuando hablo no me escucha, le hice firmar un contrato. La idea es que lo hiciera con sangre, pero como él se marea con una gotita de nada, acepté la firma ante un notario.

Sólo me pidió incluir una cláusula; llevar a su madre. Casi me divorcio. Finalmente, acepté con la condición de redactar otras dos; que él bajara a las 8h. a poner la sombrilla en primera línea de playa y que me echara crema en la espalda.

De la primera se ha librado porque, con esto del coronavirus, me ha dicho mi amiga Paqui que hay que reservar y pedir cita por Internet. Yo, como soy una mujer apañada, previsora, organizada y con recursos, me he puesto a ello esta misma mañana. El hotel ya lo miraré más adelante. Lo importante es la playa.

He encendido mi ordenador Robocop y me he leído toda la información que he visto en la Red sobre Benidorm. Su conquista por parte de Jaime I de Aragón en el año 1245, los ataques de los bereberes hacia 1410, su importante actividad pesquera en el siglo XVIII, la construcción de los primeros chalés en la zona de Levante en 1925, la llegada del bikini, la de los ingleses, la de los Kikes…

No sé dónde le habré dado que, por fin, tres horas después, he encontrado una guía para reservar sitio en la playa. He tenido que hacer malabares para poder cuadrarlo todo. Y es que resulta que las parcelas que han habilitado son de 4×4 metros y, con el peso que hemos cogido todos durante el confinamiento, nos vamos a salir con nada que nos movamos. Por otro lado, cada una puede ser ocupada por cuatro personas y, según ha calculado mi hija la pequeña estática, somos seis contando con la plasta de mi suegra.

He tenido que hacer reglas de tres, ecuaciones, mediciones y cálculos logísticos. Cuando estaba a punto de dar con la solución, he leído algo que me ha alegrado el día. En la playa se han habilitado áreas para mayores de 70 años. Así que, a la madre de mi marido la mando para allá y una menos.

Si las cuentas no me fallan, me seguía sobrando un miembro de la familia. Así que he empezado con los descartes. A mi Paco me le tengo que llevar porque tiene que clavar la sombrilla y a la preadolescente atontada también porque la necesito como flotador. La cosa estaba entre el mediano suicida y la pequeña estática.

La niña necesita que la dé el sol y producir melanina. Está tan transparente que la semana pasada estuve dos días buscándola por casa y la tenía delante. Lo más coherente sería dejar en casa al mediano suicida porque en Benidorm es un peligro con tanto rascacielos. No se pensaría dos veces subirse a uno y tirarse de cabeza, pero me da pena dejarle aquí.

Total, que me ha dado la hora de la cena y he tenido que hacer el trámite de la reserva de la playa deprisa y corriendo. Al rato, me ha llegado un mensaje que decía. “Su código es 4565aa788YUop687867**/&. Enhorabuena, ha reservado una parcela en Marte. En breve, le enviaremos más información”.

Capítulo 2º El reencuentro con mis amigas

El día que quedamos Paqui, Encarni, Juani y yo fue genial. ¡Qué ganas tenía de verlas! Como no pudimos besarnos, nos escupimos.

Quedamos en la plaza y tardamos en atravesarla 3 horas y 50 minutos. ¡Jesús! La de domingueros y Kikes que había allí. De la fuente al quiosco de la ONCE había atasco en dos carriles y el tercero tenía retenciones. De la panadería a Montes había un accidente con heridos leves y, en frente de La Marquesita, estaba Tamara Falcó firmando autógrafos.

Cuando, por fin, pudimos salir de allí fuimos a El Gamo. Eloy nos dijo que tenía hueco en la terraza para el 2 de octubre de 2031. En La Montaña, Pipo nos comentó que nos preparaba una mesa para finales de 2028. Al final, fuimos a Pedro´s.

Eso parecía El Retiro, así que cogí dos naranjas del bolso y me puse a hacer malabares. Me saqué 60€ en media hora. Con eso y con lo que recaudó Encarni haciendo mimo, tuvimos para merendar. Nos tumbamos en el césped, como en los viejos tiempos, pero en vez de sacar los bocadillos de Nocilla, nos preparamos unos chupitos de tequila. Yo sólo me tomé cuatro, por eso del embarazo…

Mis amigas y yo estuvimos toda la tarde hablando de lo que habíamos hecho durante el confinamiento. Paqui nos contó que lo había dejado con su novio virtual. Resulta que, cuando se reencontró con él, le vio sin filtros y de pie y perdió la magia. La pobre ha decidido continuar con otro encantamiento; el de los polvos mágicos del Satisfyer.

Juani, como no ha podido ir de compras durante el encierro, algo que le encanta y hacía a diario, nos confesó que había ahorrado para la entrada de una casa de Mingorrubio. Cuando la compre, la va a alquilar y con lo que saque se comprará un yate, un apartamento en Mónaco y un bolso de Louis Vuitton. Esta chica siempre ha tenido muy buena vista para los negocios. Ya, en las monjitas, apuntaba maneras. Recuerdo el día que trajo al aula un lápiz del Pato Donald. Después de una ardua negociación con sor Magdalena, quien había confiscado el estuche más chulo de la clase, mi amiga volvió a su casa con la familia del pato al completo; Daisy, el tío Gilito y los tres sobrinos, Jaimito, Juanito y Jorgito.

Encarni, hasta que no se tomó el sexto chupito, no nos contó su secreto. Resulta que quiere abandonar al muermo de su marido para fugarse con Fernando Simón. Está coladita por los rizos y la cara de loco del epidemiólogo. Nos contó que le ha comprado una calculadora científica para que no le bailen los números y unos cuantos PCR.

Cuando llegó mi turno, les dije a mis amigas lo que había significado para mí el confinamiento. Les comenté que estos meses han sido un periodo de reencuentro con mi familia, que he valorado mucho más lo que tengo, que me he conocido a mí misma buscando en mi interior, que soy más solidaria… No había acabado y ya se estaban descojonando en mi cara.

Antes de irnos a casa, brindamos por nosotras y para que la puñetera vacuna llegue a El Pardo antes de que nos cierren para siempre el centro de salud.  

Capítulo 1º. Fin del estado de alarma

¡Por fin se ha acabado el estado de alarma!

En la tele dicen que, poco a poco, volvemos a la normalidad, pero yo diría que, en mi casa, todo sigue siendo paranormal…

El día que mi Paco volvió al cuartel pidió a sus mandos que le arrestaran. Resulta que padece eso que sufren las personas que tienen miedo a salir a la calle después del confinamiento. El síndrome del chalet, creo que se llama. Llevo sin verle 14 días y ya no me acuerdo de su cara. Espero que haya cogido llaves, porque si no, voy a dejar entrar a cualquiera.

Mi hija mayor, la preadolescente atontada, ha echado tal culo que no le valen ni siquiera las faldas de vuelo. Se negaba a quedar con sus amigas hasta que se probó el mantel de la mesa camilla de mi abuela. Le saqué un poco los bajos, le hice una mascarilla a juego y se fue tan contenta. El cómo volvió es otra cosa… Si antes estaba enfadada con el mundo, ahora lo está con el planeta que aún no se ha descubierto. ¡Qué hostia le daba!

En lo que respecta al mediano suicida, poco antes de terminar el estado de alarma, le vi jugando al Scalextric y pensé que, por fin, había encontrado sentido a su vida. Pero, resultó que no. Una tarde entré en su habitación y me lo encontré tumbado en medio de las pistas del circuito. Había sido atropellado por un mini Seat Cupra GT. Gracias a Dios, sólo perdió el conocimiento día y medio. No debe tener secuelas, porque acaba de decirme mi vecina Mari que, esta mañana, le vio colgado de una de las canastas de las pistas con la red en el cuello.

Ayer le dieron las notas a la pequeña estática. Se ha doctorado Cum Laude en Medicina Molecular y le han otorgado un Diploma de Mención Honorífica en no sé qué. La semana pasada, llegó una carta a casa de la Universidad de Oxford en la que decían que le daban una beca para estudiar allí. La rompí. A mí, si no me dan la de comedor y la de libros, no me interesa. Todavía estoy esperando a que me digan algo del Ingreso Mínimo Vital.

Yo estoy de cuatro meses y parezco la vaca que ríe. El primer día que me senté en la terraza de El Sele, después del confinamiento, ocupé todo el aforo. Y lo peor no fue eso. El hombre no me dijo ni guapa… Me comí rápido la tortilla de Sole y me fui a pasear con mi vecino Manolo, que salía de El Charro.

Nos fuimos por el paseo del río, pero nada más llegar al escuadrón, tuvimos que darnos la vuelta. Había tanto dominguero que se formó un atasco como los de la operación salida de Semana Santa.

Dirección al puente la vía la cosa no fue diferente. Eso parecía la carretera de Valencia el 1 de agosto.  Hubo un momento en que me despisté entre el gentío, y ya me quedé a merendar en los bancos con un grupo de 134 personas de la misma familia. Había de todo, bisabuelas, sobrinos nietos, cuñados listillos, primos lejanos, madres solteras, hermanos de leche, tíos buenos, Kikes, chinas adoptadas, padres de la AMPA, el tonto del pueblo, una mirando a Cuenca…

Llegué a casa tardísimo. Fui a coger un atajo yendo por una de esas sendas que se han inventado en la ribera del río y acabé en Morata de Tajuña.

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