3º capítulo ‘Había una vez… un barrio en El Pardo ¡La Casita del Príncipe!’

Desde 1953 y hasta 1965, nuestro vecino Fernando Trenado Corpa vivió en la actual calle Adelina Patti, conocida entonces como ‘La Casita del Príncipe’. Durante aquellos 12 años, su familia convivió con otras ocho, entre las que recuerda a los Reparaz, Sacristán, Gurucharri y Varela.

Fernando nunca ha olvidado esa etapa de su vida, pero fue durante el confinamiento cuando decidió plasmarla en papel. Ahora quiere compartirla con todos los pardeños publicándola en ElPardo.net. “Creo que es bonito que la gente conozca las vivencias de estas familias. Los padres ya no están entre nosotros y algunos hijos aún vivimos en El Pardo. Nuestro barrio ha tenido muchas historias que están ahí, pero no se conocen”, comenta.

Durante varios días podréis leer sus recuerdos.

Hoy, en el CAPÍTULO 3 nos habla de cómo eran los veranos

Nuestro barrio cobraba vida en la estación del verano, debido al gran número de personas que venían a bañarse al río y a pasar el día. Los fines de semana incluso se traían sus bocatas o comidas, y la pradera que teníamos enfrente de nuestras casas se llenaba de matrimonios con hijos pequeños y a veces no tan pequeños, que disfrutaban del baño y del entorno.

En la presa, que era la zona en la cual estábamos nosotros, había un gran gentío dentro del agua. A veces, era imposible entrar y bañarse. Había quienes se daban un chapuzón y salían, otros se pasaban todo el tiempo en el agua, algunos se iban un poco aparte para hacer natación. Los chicos eran revoltosos y con sus juegos en el agua dificultaban el movimiento de los adultos. Hacían chapuzones, aguadillas, saltos desde la presa que no era muy alta… Venían muchas caravanas los fines de semana. Toda clase de personal se daba cita a orillas del río, desde la presa hasta el Puente de los Capuchinos.

Había zonas con una profundidad considerable y peligrosa, debido a las pozas. Éstas eran un peligro para los que no sabían nadar y para los chiquillos, aunque casi siempre estaban vigilados por sus padres o por alguna persona adulta. Hubo bastantes accidentes. Las personas acababan teniendo dificultades y necesitaban de alguno que supiera de primeros auxilios. Muchas veces hubo que recurrir a los vecinos del barrio, a nosotros, para echarles una mano en situaciones complicadas. En ocasiones, tuvimos que llevarles en coche a la Casa de Socorro, que se encontraba en la bajada de la calle Carboneros, para ser atendidos de primeros auxilios.

Hubo cosas más serias, como muertes por ahogamiento. El río tenía su peligro, y los que vivíamos en el barrio ya sabíamos dónde se podía bañar y había que tener cuidado.

La zona era un enjambre de personas que, mayoritariamente, venían a pasar el día a El Pardo y,  de paso, se daban un buen baño. Se traían comida o bocadillos para tener todo al alcance, aunque había veces que recurrían a nosotros para darles lo que necesitaban; alimentos, agua u otra ayuda. Los vecinos éramos muy sociables. Dejábamos nuestras casas para que se cambiaran de ropa, se secaran o para calentar algunas comidas. Había una gran atención por nuestra parte a estas personas.

Cuando la cosa se ponía mala debido a alguna tormenta veraniega, que solían ser fuertes, con gran aparato eléctrico y un buen aguacero, los pobres se tenían que refugiar en nuestros tres portales. Había momentos en los que se llenaban de personas y nuestra caridad hacía ellos se hacía patente. Algunos chavales pequeños se refugiaban en nuestras casas hasta que pasaba la tormenta. La mayoría nos daba las gracias por nuestra gentileza y ayuda. Los dos primeros portales eran los que tenían más concurrencia porque estaban más cerca.  Se puede decir que el estío veraniego era la mejor etapa en nuestro barrio debido a las gentes que se instalaban en nuestro barrio.

CAPÍTULO 2. Las casas del barrio de La Casita del Príncipe.

Las familias de las que hablo en el capítulo 1 convivieron durante 12 años y formaron un barrio singular y atractivo. A partir del año 1965 comenzaron a disgregarse por otras zonas de El Pardo o tuvieron que salir a Madrid a seguir sus vidas.

Los padres pasaron al cielo (todavía no tengo claro si Jacinta falleció. Si vive aún, será muy mayor). Respecto a los hijos, formaron sus familias y muchos no viven aquí. Quedarán dos o tres, pero la mayoría están en otros lugares. Tendrán más de 50 o 60 años, y muchos serán abuelos.

Pasando a otro aspecto, el edificio estaba (y sigue estando) rodeado, en la parte posterior, por un gran jardín con sus sendas. En la parte anterior hay unos pequeños jardines con algunas puertas para el paso de los vecinos que viven en la actualidad. Esta calle se llama en la actualidad Adelina Patti. En aquellos años, no sé si tendría otro nombre, pero la conocíamos como ‘La Casita del Príncipe’. Este nombre viene dado por el palacete que hay frente a estos pisos y que es continuo al cuartel ‘El Rey’ de la Guardia Real.

En la parte final del bloque había una parte baja y otra superior con su correspondiente portal bastante amplio, que comunicaba los dos pisos a través de dos escaleras. Voy a intentar explicar cómo era mi casa por aquel entonces. Era amplia, con un salón mayor a la entrada. A mano izquierda, se encontraban el baño y la cocina. Ésta era espaciosa y tenía una puerta que daba acceso al jardín posterior. Había un pasillo que salía del salón a mano izquierda y terminaba con dos dormitorios, uno a la derecha, que era el que ocupaban mis padres, y el otro, a la izquierda, que era el mío y el de mi hermano. En medio de ese pasillo había dos cuartos, uno conocido como el de huéspedes y, en frente de él, el famoso cuarto camilla. Tenía su clásica mesa camilla y era muy acogedor. Allí pasábamos la mayor parte del día. El dormitorio de mis padres estaba compuesto por una cama de matrimonio en el centro y, a ambos lados, la coqueta y el armario ropero, con su mesilla de noche. El nuestro tenía dos camas a ambos lados y, en medio, una mesilla de noche. Enfrente estaba nuestro armario ropero y una ventana, que daba al jardín posterior. Como dije antes, el cuarto camilla era el más acogedor de la casa y donde hacíamos nuestra vida. Estaba la camilla con sus sillas correspondientes y su brasero de carbón, que nos hacía más agradable la estancia en pleno invierno. Si no recuerdo mal, había una especie de aparador. Además, teníamos nuestro aparato de radio encima de una pequeña estantería que nos hacía el día más agradable. Lo hicieron para mi padre y duró muchos años.

Imagen del aspecto que tenía La Casita del Príncipe en el siglo pasado. Enfrente, se ubicaba la zona de la que nos habla Fernando en sus memorias.

Recuerdo cuando nos tuvimos que cambiar a nuestra casa actual. Ahora solo vivo yo allí. Mi padre falleció a los tres años de mudarnos y mi madre, después de 34. Mi hermano se tuvo que ir a Madrid y allí sigue con su familia.

Solamente había un inconveniente en nuestra antigua casa. Era muy fría y tenía algo de humedad en las paredes, porque era el final del edificio y estaba más cerca del río. Aunque había un jardín espacioso que terminaba con el muro de separación, que daba paso a un paseo que todavía hoy existe.

Por aquel entonces, el río Manzanares llevaba más agua que en la actualidad. Era peligroso por sus famosas pozas, que más de una vez se llevaron vidas por delante. El terreno arenoso a veces era una trampa para los bañistas que venían en verano. En aquellos años se hicieron presas que resultaron peligrosas.

CAPÍTULO 1. Los vecinos del barrio de La Casita del Príncipe.

“A lo largo de los años, los pueblos tienen sus historias con sus protagonistas. El tiempo pasa, pero hay acontecimientos o recuerdos que siguen presentes en la memoria de las personas y que suelen ser grandes o pequeños. También, otros desaparecen y pasan al olvido y, con ellos, personajes que un día fueron pero que el tiempo ha hecho olvidar. Solamente quedan los nombres o ‘alias’ con los que eran conocidos por aquel entonces.

A veces, volviendo la vista atrás, piensas que aquellos tiempos eran mucho mejores que estos de ahora. Había más humanidad, respeto o convivencia más cercana entre las personas y más comunicación entre todos. Se puede decir que había más acercamiento y alegría, y las familias vivían más unidas. Era una sociedad más humana y cercana.

Voy a narrar cómo viví mi infancia, porque creo que es un bonito recuerdo que merece ser contado y conocido. Ya han pasado muchos años, 55, y todavía tengo imágenes y acontecimientos de aquella época. Me estoy refiriendo a los comienzos de los 50 y finales de los 60. Concretamente, 12 años que comenzaron al llegar a este mundo.

Nací en Madrid en marzo de 1953 y a los pocos días me trajeron a este pueblo, que ahora se denomina barrio. Empecé a convivir con unas familias maravillosas que, con el paso del tiempo, siguen en mi memoria y son recuerdos muy gratos. Cada una tenía su peculiar forma de ser; alegres, normales, algo distantes, pero en el fondo formamos una vecindad muy buena y muy unida entre nosotros.

No estábamos en el centro del pueblo, pero sí relativamente cerca de él. Era una calle con siete pisos. Los cuatro primeros eran bajos, el quinto era un poco mayor y los dos finales estaban compuestos por dos plantas, en las cuales vivían cuatro familias.

Los cinco primeros estaban habitados por las familias Reparaz, Sacristán, Foronda, Herce y Gurucharri. En el primer bajo vivían los Jiménez y por encima, los Cemborain. En el bloque de enfrente estaba la familia Trenado, en el bajo, y los Varela, en el superior.

Las familias:

Familia Repara: El matrimonio compuesto por Juan y Pilar, y los hijos Juan José, Pablo, Carlos, Inés.

Familia Sacristán: El matrimonio Amancio y Jacinta, y los hijos Agustín, Justi y José Luis.

Familia Foronda: El matrimonio Salomé y Manolo, y los hijos Manuel, Juan José, Pilar y Francisco.

Familia Herce: El matrimonio José y Constantina, y los hijos Soledad, Manolo, Goyo, Pepe y las religiosas Corpus (Sor Sagrario) y Lola (Sor María Jesús).

Familia Gurucharri: El matrimonio Ramón y Francisca, y los hijos José María, Pilar, Puy, Maricruz e Irene.

Familia Jiménez: El matrimonio Francisco y Victoria, y la hija María Victoria.

Familia Cemborain: El matrimonio José María y Carmen, y los hijos Paloma y José María.

Familia Varela: El matrimonio Julio y Julia, y los hijos Ramón, Dolores, María del Carmen y Anunciación.

Familia Trenado: El matrimonio Lorenzo y Matilde, y los hijos Lorenzo y yo, Fernando.

Próxima semana… ¡CAPÍTULO 2!

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